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Cuentos cortos y Leyendas.
Autor: Alberto D´a Pena Pérez.

Aquella noche, después de la clase de geometría, no pudo conciliar el sueño.
El profesor les había hablado de las extrañas propiedades tipológicas que Augusto Moebius descubrió en los poliedros unilaterales en 1858, y no se explicaba por qué habían pasado más de doscientos años sin que se hubiera profundizado con mayor rigor en el estudio iniciado por el matemático y astrónomo alemán.
Recordó que en la Suma Teológica se le niega a Dios la posibilidad de hacer que lo pasado no haya sido, cosa por demás evidente a la luz del entendimiento propio de los hombres de nuestra cultura, pero siempre tuvo la esperanza, mejor dicho la intuición, de que siguiendo los derroteros de otras lógicas, el pasado dejara de ser algo irremediablemente perdido.
Aquella idea no se la había vuelto a comentar a nadie desde el día que, contándosela a su mejor amigo, éste le miró con una sonrisa de conmiseración y le dio unos cariñosos golpecitos en el hombro mientras le aconsejaba que se preocupara por mejorar la nota de filosofía, que la tenía muy baja.

Y esa noche, sin saber la razón, presentía que estaba más cerca que nunca de llevar a la práctica lo que era para él una obsesión.
Fue a su escritorio y cortó una estrecha tira de papel rectangular marcando las esquinas superiores con las letras A y B, y las inferiores con las letras C y D, luego, dándole a uno de los extremos un medio giro, hizo coincidir la esquina A con la D y la B con la C, pegó las puntas y se quedó mirando con atención la recién construida cinta de Moebius. Con un lápiz rojo coloreó el anillo solamente por su cara exterior y cuando le dio la vuelta completa rompió la tira y vio con sorpresa que ambas caras de la cinta aparecían pintadas. Repitió el experimento
una y otra vez y el resultado era siempre el mismo: sin solución de continuidad recorría por completo ambas caras del poliedro. ¡Estaba manipulando una figura geométrica que no era orientable!
Hizo otra cinta y esta vez dibujó una línea a lo largo de su eje longitudinal por donde la cortó con unas tijeras, esperaba lograr así un par de anillos normales pero, para su perplejidad, se encontró con una sola cinta del doble del diámetro de la anterior. ¡Parecía imposible! En algún momento del proceso las tijeras cortaban un plano diferente y se propuso descubrir el punto en el que se producía el pliegue espacial. Construyó una tercera corona y empezó a hacerla girar despacio entre sus dedos confiando en que lo que la vista no era capaz de descubrir, tal vez se hiciera evidente para el tacto. Ya amanecía y seguía sin encontrarle ninguna explicación válida al extraño fenómeno, por fin se le ocurrió hacer una marca en un lugar cualquiera de la tira y empezar a rotarla entre sus dedos de nuevo en el sentido de las agujas de un reloj y cuando regresó al punto de partida constató, sin poder creérselo, que la cinta había terminado dando vueltas en sentido inverso al de las manecillas.

Sin que él hubiera cambiado el proceso, el movimiento había invertido su dirección. Lo que empezó en un sentido acababa exactamente al contrario. ¡El adelante y el atrás se interpolaban en algún instante fugaz! ¡El hoy parecía transformarse en ayer!......¡Lo tenía, al fin lo tenía!
Con una ansiedad que se le hacía insoportable, esperó a que abrieran los almacenes, se lanzó a la calle y compró varias docenas de pliegos de papel, regresó a su casa, se encerró en el patio y empezó a trabajar.
Construyó una gran cinta de Moebius y se colocó en el centro.
Desde allí hizo pliegues, formó aristas, dobló aquí y allá, y poco a poco se fue envolviendo en el papel.
Si alguien hubiera mirado al patio habría visto algo similar a una gigantesca ameba que cambiaba incesantemente de forma y que latía como si estuviera digiriendo un cuerpo extraño.
Fue construyendo cubos, ortoedros, paralelepípedos, icosaedros, prismas, dodecaedros, pirámides, cilindros,..... por un momento creyó oír el eco lejano de una voz,.... plegó, estiró, volvió a doblar planos y más planos con mayor ahínco..., ahora la voz se percibía más y más cercana a cada movimiento que hacía, se hallaba encerrado en un tronco de cono cuya boca menor estaba abierta. Tembloroso, casi asfixiado por la emoción, asomó lentamente la cabeza,.... la voz ya era nítida y decía:

"Más allá del azar y de la muerte
duran, y cada cual tiene su historia,
pero todo esto ocurre en esa suerte
de cuarta dimensión, que es la memoria."
Frente a él, en algún lugar muy lejos del patio de su casa, Jorge Luis Borges declamaba uno de sus poemas......

Extraido de: Los cuentos que nunca me contó mi abuelito. Obra de Alberto D´a Pena Pérez.

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